Dejé las maletas
en el suelo, me estiré en la cama, estaba cansada para guardar las cosas.
-¿Puedo pasar?
-Claro, adelante-Papá
entró.
-Ya ha llegado.
¿Estás lista?
-Sí…eso creo.
Me cogió la
mano y bajamos las escaleras. En el comedor no había nadie, nos dirigimos a la
cocina.
-Alice, esta es Mía.
Mía esta es Alice.
Ella,-una mujer
alta, morena, con unos rizos castaños cayéndole por la espalda y una dulce
sonrisa en el rostro-sin dejarme decir nada se echó a mis brazos.
-¡Hola Mía tenía
muchas ganas de conocerte! Tu padre me ha hablado mucho de ti. ¿Tienes hambre?
Debes estar cansada, te prepararé algo.
-A Alice le
encanta hablar, como habrás comprobado -Carcajeó papá.
Hablamos mientras
se hacía la comida, después comimos y subí a mi habitación. Estaba agotada, pero aun así
me puse a colocar las cosas, odiaba el desorden. Empecé colocando la ropa en el
armario, los zapatos, algunos libros…Al cabo de una hora ya estaba todo en su
sitio. Corrí las cortinas y me senté en el borde de la ventana. La vista no era
muy buena, daba directamente a el balcón de la casa de al lado. Oh genial, toda
la casa tenía unas vistas espectaculares menos mi habitación. Aunque no tuviera
unas vistas espectaculares, había un agradable viento que jugaba con mi pelo. Me
levanté, cogí algo ligero y me fui a la ducha. Cuando salí papá me llamo para
cenar. Alice había preparado mi plato favorito, espaguetis. Acabamos de cenar y
subí a la habitación. No tenía sueño, ya que había dormido en el avión, así que
cogí un libro de los que me había traído y me senté en la ventana. La dulce
brisa me acariciaba. Llevaba un rato leyendo cuando me di cuenta que se había
encendido la luz de la habitación que tenía enfrente. Dentro había un chico de
espaldas, con el pelo color oro. Aún no
le había visto la cara cuando empezó a quitarse la camiseta, dejando al
descubierto su espalda. Me aparté de la ventana antes de que se girara y me
viera allí, que vergüenza, por dios. Me senté en el suelo, de espaldas a la
ventana y seguí leyendo. Al cabo de un rato me levanté del suelo, me puse el
pijama y apagué la luz. Me dejé caer en la cama. Mierda, me había dejado la persiana
subida, y mañana me despertaría con el sol. Me levanté vagamente y me acerqué a
la ventana. En el balcón de enfrente ya no había tanta luz como antes, la
habitación estaba iluminada por una pequeña lamparita encima un inmenso
escritorio. Tenía curiosidad por saber quien era el chico de antes, así que me
asomé un poco más. Esta vez el chico estaba de perfil, así que pude verle algo
más que la espalda. Me era familiar, me sonaba y no sabía de qué. Una dulce voz
salió del otro lado de la habitación de aquél chico.
-Justin, es
tarde, ya acabarás de escribir la canción mañana.
-Pero mamá, sólo
me queda una estrofa…
-Nada de peros, a
dormir.
-Está bien.
Se levantó de la
silla y cruzó la habitación. Me agaché lo más rápido que pude para que no me
viera. Ya sabía quién era y porqué me sonaba. Estaba sentada en el suelo, en
estado de shock. No era posible. Era Justin. JUSTIN BIEBER. ¿Justin mi vecino?
No, imposible. Debía estar muy cansada,
el jet-lag. Estaré soñando, mejor me voy a dormir. Bajé la persiana y me
metí en la cama.
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Aquí tenéis el tercer capítulo, muchas gracias por leerme y espero que os guste. Ya sabéis, los comentarios a twitter, @CristinaSwagg. Y si alguien no quiere que le avise más, sólo tiene que decírmelo:) Os quiero muchísimo♥.
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